sábado, 12 de abril de 2014

La incertidumbre de los estudiantes universitarios

Por Alfredo Portillo. Según fuentes oficiales la matrícula universitaria en Venezuela es de  2 millones 700 mil estudiantes, lo que equivale más  o menos al 10 %  de la población total del país, distribuidos entre las universidades autónomas, universidades privadas, universidades experimentales, universidades politécnicas territoriales, institutos y colegios universitarios, Misión Sucre, academias militares e institutos de formación religiosa.
De esta significativa cantidad de estudiantes universitarios, unos cuantos miles, no sé exactamente cuántos, están siendo presa de una desagradable sensación conocida como incertidumbre que, según lo expresa alguien, “se enreda en los tobillos de la persona, hace tambalear sus rodillas, y pareciera esconderse en el fondo de su estomago”. De estos miles, una parte está activada en las calles de algunas capitales de estado de Venezuela, protestando contra el gobierno del Presidente Nicolás Maduro, luchando, según lo han manifestado, ante la incertidumbre de no ver claro el futuro. Otra parte, que permanece más bien pasiva y a la expectativa, ve con incertidumbre cómo sus clases regulares han sido interrumpidas, impidiéndoles proseguir su formación académica y avanzar en sus carreras.
A todas estas, otra parte de los estudiantes universitarios, unos cuantos miles también, sencillamente están  libres de la ya descrita sensación de incertidumbre. Estos, por suerte para ellos, continúan, seguramente  que en medio de algunas dificultades, con sus estudios de manera normal. El punto clave en todo esto es que, la enorme matrícula universitaria que existe en Venezuela en comparación con su población total, crea una suerte de mercado laboral, del lado de la demanda de puestos de trabajo y posibilidades de emprendimientos, muy competido, por lo que eso de la suspensión de las clases en algunas universidades, como que no pareciera ser un gran negocio.
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Montes

Por Miguel Jaimes. Gente de las montañas afirman que las hierbas siguen asociadas a los ciclos del tiempo y a los meses del año donde florecerá cada una de ellas. Su magia supone el desnudo de sus fragancias las cuales abren poros, ablandan la intranquilidad y afloran los más suaves sentimientos de relajación. Esto se da en medio de la luna rosada y parece la suerte de un astro.
Todo es debido a las peticiones de Semana Santa por quienes nunca se cansaron de habitar y entender secretos de gigantes rocosas de la Sierra Nevada. Sitios que descansan como inmortales espías al asiento de La Mucuy merideña. Este nombre viene dado desde la confección ambiental del musgo antiguo crecido bajo el resguardo de troncos blancos. Es el acuerdo de pálidos asuntos con vientos escondidos que van y vienen azotando hierbas de suaves colores.
Son las cepas que se atrevieron a brotar desde el sueño de distantes horas, encubridoras por flores y orquídeas de los tres meses que vendrán avistados de flexibles primaveras. Gigantes eternas, hijas de nenúfares ardorosos, encontradas en la repartición de estaciones etéreas, inundadas sobre lagunas de máscaras arropadas entre hielos de glaciares dormidos, atentos a la protección con velos de neviscas de indias enamoradas, quienes en cada lágrima formaron ilimitadas albercas hechizadas sin fondo ni períodos.
 Otros nombres las incluyen como Luna llena de hierba de brote, Luna de embrión y algunas tribus andinas de las altas montañas la conocían como Luna llena del pescado, a causa de los momentos en que las truchas inician la marcha nadando corriente arriba para desovar. Eran justo los días cuando aparecían soles auxiliados de los meses de abril con mayo, cuando tres clavos arroparon con nostalgias los últimos suspiros en un triunvirato de cruces que guardaron secretos de recuerdos adoloridos.
Todo será a causa de las hierbas de estolones, mínimas hojuelas delicadas y elásticas. Están en la fila de todos los verdes contiguos y nunca mueren pues sus talluelos duermen en cada estación y cada día salva sus hojas.
Columna La Mucuy 
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martes, 8 de abril de 2014

El enigma militar planteado por Heinz Dietrich


Por Alfredo Portillo. En su artículo “Ganadores y perdedores de los Golpes de Estado en Ucrania y Venezuela”, publicado a finales de marzo de 2014, el académico germano-mexicano Heinz Dietrich  plantea, con relación a la situación en Venezuela,  el siguiente enigma:  “Después de haber logrado plantear el conflicto social en la esfera de decisión de los militares, el siguiente paso de Washington es obvio: destruir, lo que la CIA llamaba en Chile, la inercia constitucional de los militares, es decir, su lealtad a la Constitución y al gobierno de Allende; en este caso de Maduro”. Sin duda que Dietrich acierta al trasladar su análisis sobre la situación política venezolana al final del camino. Es decir, finalmente la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) pudiera llegar a estar ante la disyuntiva de pronunciarse y actuar en caso de que la ingobernabilidad se apodere de Venezuela.
Ahora bien, el enigma a descifrar en el caso venezolano tiene que ver con la actitud que como institución y como cuerpo militar organizado tendría la FANB ante una eventualidad como la planteada, toda vez que la FANB cogobierna a Venezuela, como parte de lo que se ha dado  en llamar la alianza cívico-militar. Y muestra de ello son los cargos claves que militares activos detentan en el gobierno del Presidente Nicolas Maduro, entre los cuales destacan: Ministerio del Poder Popular (MPP) para la Defensa, MPP de Interior, Justicia y Paz, MPP de la Secretaría de la Presidencia y Seguimiento de la Gestión de Gobierno, MPP para la Alimentación y MPP para el Transporte Aéreo y Acuático. Porque habría que ver y tomar en cuenta también  el entrelazamiento de hilos que existe entre los diferentes individuos que conforman la FANB, desde los altos mandos militares, hasta la tropa y los cadetes, que en definitiva es lo que puede dar respuesta al enigma militar planteado por Dietrich. Amanecerá y veremos.

alportillo@ula.ve

Fajeros


Por Miguel Jaimes. Los fajeros eran tejidos hechos con rollos de cabuyas templadas salidos de los cortes de cueros nobles, suavizados, pero con el tiempo de no usarlos, podían volverse secos, ásperos y arrugados. En sus confecciones se les hacían unas disimuladas busaquitas donde se guardaban morocotas. Esas monedas eran importantes ya que fueron usadas en diversas transacciones, apuestas y pagos de compromisos adeudados. En aquellos tiempos todos los saldos serían sellados a punta de oro cochano. Hasta las promesas de amor se debatían en aquel metal.
Los viejos las usaban como emblemas de recia autoridad y en algunas de sus partes les clavaban sus iníciales. También les sirvieron para defenderse de los malos espíritus que salían en las horas de madrugadas detenidas, justo cuando los dueños de casa regresaban de sus farras, enfrentándolos con fajeros que estaban bendecidos, descruzados y protegidos por las fuerzas divinas.
Con estos fajeros cuerearon a los espíritus burlones. Por esa razón quienes los llevaban puestos a la cintura como cintos de autoridad representaban amuletos de protección y con ellos podían salir y andar por caminos ocultos, más cuando la Luna estaba llena aprovechada de zánganos ocultos, los del más allá, quienes salían a espantar como aparecidos indeseados.
El grosor, color y elegancia de aquellos cueros dieron autoridad y respeto. En muchos de ellos iba terciado un puñal o colgaba un afilado machete con mango pulido de cacho de venado; otros llevaban cartuchos de balas con un revólver reluciente bien guardadito para las necesidades oportunas y muy necesarias.
Algunos de aquellos fueron heredados de padres a hijos llegando a usarlos los conchabados a quienes se les veía apretujárselos en sus cinturas. Constreñidos quedaban por la seguridad de las gruesas hebillas, realizadas en bronce, lucían alisadas, tenían de a dos y hasta de tres ganchos o pasadores para que se vieran bien ajustadas. Esos garabatos entraban suavemente en agujeros muy gruesos; por eso algunos llegaron a pesar hasta quince kilos.
Columna La Mucuy 
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martes, 1 de abril de 2014

Está entrampada la ULA


Por Alfredo Portillo. Escuché con atención la intervención del Ministro de Educación Universitaria, Ricardo Menéndez, en el Consejo Universitario (CU) de la Universidad de Los Andes (ULA) realizado el 31 de marzo de 2014. También escuché luego los comentarios, solicitudes y preguntas que al ministro visitante le hicieran los diferentes miembros del CU. Algunos hicieron referencia a la situación de suspensión de actividades en que se encuentra la ULA debido al estado de convulsión por la que atraviesa la ciudad de Mérida, otros solicitaron recursos y apoyo para la construcción de planta física y dotación de bibliotecas, otros más insinuaron que no habrá reinicio de clases hasta que no cese la represión y se solucionen todos los problemas por los que atraviesa Venezuela, y uno que otro preguntó por los planes que tiene el gobierno nacional para el sector universitario en general, en materia de seguridad, presupuesto, transporte y salud.
Me imagino que el Ministro Menéndez, en un tiempo prudencial, con toda la información que debe haber obtenido en ese CU, tomará algunas decisiones y dará respuesta tanto a las solicitudes como a las preguntas. Sin embargo, la cosa no pareciera ser tan sencilla. El asunto es por dónde comenzar, es decir, cuál debe ser el punto de partida. ¿Se inician las gestiones para ampliar la planta física de la ULA y dotarla de más bibliotecas sin que haya un compromiso formal de reiniciar las clases? ¿Se reinician las clases sin que se haya solucionado el problema de la obstrucción de las vías públicas en que se encuentra la ciudad de Mérida? ¿Habrá que esperar a que quienes mantienen la posición de mantener la suspensión de clases se den por satisfechos con relación a la solución de todos los problemas por los que atraviesa el país? ¿O es que de verdad la ULA está entrampada y no logra ver la luz al final del túnel?
 alportillo@ula.ve

Díctamo


Por Miguel James. El Díctamo Real es una planta santificada a la que muchos guardan cierto comentario de magia pura; quizás solo existió una vez y nunca más nadie se atrevió a hacerla aparecer. Esta inocente planta se da por los lados donde permanecen agarrados de las rocas los misteriosos venados, de allí el sol de los venados: quienes toman el calor de los últimos minutos de la tarde mientras se alimentan.
Dicen que sus hojas, tallos y raíces dan larga vida, salud y felicidad. Quien beba aquellas misteriosas infusiones tendrá asegurada la desplegada duración. Esta secreta mata se encuentra detrás de La Mucuy por donde los sabios llamaban los altos paramos de El Cardenillo, allí donde las rocas son como en forma de los pájaros cardenales.
Justo allí se desprenden dos altos collados, el de El Cardenillo y el de El Alto niño. Fríos espacios donde sus hojas crecen en libertad. Muchos pobladores cuentan que sus cogollos son calientes y por lo tanto pudieron ser utilizadas para protegerse de los intensos ventarrones, pues cuando llegan parecen invencibles, solo derrotados por el calor que da el Díctamo Real.
Sus infusiones sirven para derrotar los estragos del cuerpo, gripes y las descomposturas que dan solo cuando se abusa de las grandes comidas y bebederas. Nadie teme enfermarse si previamente se le tiene en la antigua caja de las ramas secas.
El Díctamo Real guarda los secretos de feroces entierros, justo cuando sus días en las tierras no aguantan muchas noches de excavaciones y las promesas se extinguen por la entrada de un nuevo siglo, pues los rituales quedaron atrás, expiraron.
Algunos cambios logran afectar íntimos recuerdos muy bien ocultos. Estos arbustos fueron capaces de aguantar la noche de las traiciones y vio colgados desde árboles de Maitín a quienes despidieron sus almas de los compromisos eternos.
Del Díctamo Real se sacan jarabes cálidos, agradables, pero cuando las enfermedades son traicioneras para el cuerpo, entonces se tornan fuertes de dominar y su magia cercana aparece frente al indefenso para enseñarles el ánimo de curarse.
Columna La Mucuy 
Twitter: @migueljaimes2

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miércoles, 19 de marzo de 2014

Cuál será la situación de Mérida durante Semana Santa


Por Alfredo Portillo. Mientras escribo este corto artículo transcurre ya la tercera semana del mes de marzo de 2014, y la sexta semana desde que la ciudad de Mérida se encuentra semiparalizada, con sus principales avenidas bloqueadas, las actividades educativas suspendidas, la movilidad limitada y  las actividades comerciales a media máquina. Deben transcurrir tres semanas más, para que lleguen los ansiados días de Semana Santa. Y la pregunta que surge es la siguiente: ¿Cuál será la situación de Mérida durante Semana Santa?
La respuesta a la pregunta formulada debe tomar en cuenta tres dimensiones: una dimensión religiosa, una dimensión turístico-comercial y una dimensión educativa. Se supone que para la Iglesia Católica y para otras congregaciones religiosas  cristianas que hacen vida en la ciudad de Mérida, los días de Semana Santa son muy significativos, por lo que las actividades que tradicionalmente realizan, y que también esperan realizar este año, requerirán de una ciudad donde impere un clima de normalidad y paz social. Igual ocurre con el sector turístico-comercial, el cual  está a la espera de que la ciudad de Mérida vuelva a la normalidad, a fin de llenar sus expectativas desde el punto de vista económico-financiero, tanto más si no pudo aprovechar los días de ferias y carnaval, debido a la situación convulsionada en que se encontraba la ciudad.

Finalmente está la dimensión educativa, cuyas actividades reanudadas parecieran estar dependiendo de que los requerimientos de la dimensión religiosa y la dimensión turístico-comercial produzcan el milagro del apaciguamiento de la ciudad. Sin duda, una curiosa situación en la que fuerzas e intereses contrapuestos terciarán para definir cuál será el destino próximo de la ciudad de Mérida. Un momento estelar de la eterna pugna entre la racionalidad y la irracionalidad.
alportillo@ula.ve

lunes, 17 de marzo de 2014

Colas: una experiencia de otro mundo


Por: Adelfo Solarte. En algún momento de nuestra historia reciente, las colas se convirtieron en parte del paisaje. Me refiero a las colas humanas frente a los supermercados, abastos y farmacias o, incluso, detrás de un camión desde donde se despacha uno o varios productos de la lista de los más buscados, como la leche completa en polvo, el azúcar, el aceite, el papel higiénico y la margarina, por nombrar  unos pocos.
Uno camina por la calle y, quiéralo o no, termina siempre pasando al lado de una cola imponente. Y es que pese a que ya estemos acostumbrados a ver colas por doquier, siempre nos sorprende su dimensión, lo  absurdo de su tamaño. El asunto es que las colas –en función de su morfología- representan, ni más ni menos, la medida exacta de nuestras desventuras económicas, sobre todo desde la perspectiva de un abastecimiento que habla de mesas vacías, angustia  y desazón.
Por lo tanto, las colas nuestras de cada día, han  generado un micromundo –su propio sistema  planetario– en el  que los ciudadanos gravitan en pos de cumplir el obligado ritual de hacerse con uno o varios productos que necesitan.
Por eso, comprender lo que llamaremos la tipología de las colas, que nos remite también a la “personalidad de la cola”, resulta importante en el intento de salir bien parados de nuestra incursión en el supermercado o en el abasto de los chinos.
Vamos a lo básico: las colas pueden ser largas o cortas. Pero, ¡ojo!: una cola “corta” puede ser una denominación engañosa a la luz de las actuales circunstancias. Si una cola llegó a tener un día 500 personas, el hecho de que otro día tenga 250 la hará ver como que, en efecto, es una cola “corta”, aunque sólo de ver la extensión de la fila nos den ganas de regresarnos.
Por lo anterior, sería mejor categorizar las colas como largas y “menos largas”. Otro dato a tener en cuenta es que algunas colas  - cual parientes mitológicos de la Hidra de Lerna o de Medusa – muestran  una discreta extensión pero tal evidencia obedece a  que de su cabeza surgen 3 ó 4 colas fundadas al calor del  caos que suele producirse en la puerta de acceso al comercio. En algún momento cada cola tendrá vida  propia  y reclamará prioridad sobre las demás,  indistintamente que haya surgido de la informalidad  o de la viveza de un grupito. Pero así suele ser la personalidad de algunas colas.
Por cierto, lo de la personalidad no es un dato  irrelevante.  Más bien aquellas personas que por necesidad u obligación se han hecho expertas en colas  –tal es el caso de muchas doñitas amas de casa–  se  refieren a éstas de forma curiosamente humana.  Así, una señora conocida, que luego de 4 horas había logrado comprar harina en Yuan Lin, me habló de la enorme cola como  si  describiera  a  una amiga: “Pues sí, ella es larga, no te lo voy a negar, pero se mueve bien”. Otro amigo, muy  poco dado a  hacer colas, me  advirtió  sobre lo que ocurría en una ocasión en Farmatodo del centro: “Ni se te ocurra hacer esa cola. Esa bicha no se mueve y además es violenta”.
Por lo dicho, me atrevo a decir aquí, científicamente –y  perdonen la presunción– que la personalidad de una cola es directamente proporcional al tiempo que hayamos pasado en ellas. Una persona experta, con amplia experiencia en colas, no se amilanará porque vea 650 personas paradas bajo el sol inclemente a la  espera de un tarro de mayonesa. Por el contrario, un  novato en colas, se lamentará si la fila le hace perder una hora de su tiempo.
Nuestra relación con las colas es de un grado tan  especializado que incluso existen colas de la nada   (algo así como la materia oscura que los científicos   saben que existe en el espacio pero de la que no   pueden mostrar mayores evidencias). ¿Cómo es esto? Sencillo: en el supermercado Ciudad de Mérida, hace unos días, había unas 30 personas, más o menos, en cola, pero dentro del local comercial no había ninguno de los productos más buscados. Un señor me explicó la extraña situación: “Sí, sabemos que no hay nada  pero estamos parados aquí para cuando llegue lo que tenga que llegar”. Es decir, las colas son a   veces un acto de fe.

Además, las colas están llegando a un grado tal de   protagonismo que, no lo vamos a negar, cuando  alguien ve una cola es porque, como diría una vecina “algo bueno llegó”. Y aunque el sentimiento anti cola nos embargue, la fuerza de gravedad de las mismas  cada vez va atrapando a más gente, personas que poco pueden  hacer para luchar contra esa fuerza de atracción que nos obliga a estar parados allí,  respondiendo a las reiteradas preguntas: ¿Epa, y esa cola es para qué?,  a lo que nosotros  responderemos: “Para lo que ella decida”. 
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